Layla es la hija de mi espíritu enamorado. Enamorado de las palabras. Con ella, la luz del amor llegó a mí. Yo fui su madre en los inicios de su existencia; pero creció tanto y es tan grande su luz que ella es ahora mi Madre. Es la Luz que acude para iluminar la noche oscura.
TODAS ESTAS HISTORIAS NACIERON TRAS UN PROCESO PERSONAL DE TRANSFORMACION INTERNA. CADA UNA DE ELLAS ES COMO UNA METÁFORA DE ESE MISMO PROCESO QUE SIGUE PRODUCIÉNDOSE DÍA A DÍA. OJALA ENCUENTRES EN ALGUNA ALGO QUE PUEDA AYUDARTE EN TU PROPIA EVOLUCIÓN O, AL MENOS, ACOMPAÑARTE DURANTE UNOS MINUTOS.



12 mar. 2015

EL PUENTE DEL MIEDO


*

Hace algún tiempo conocí a una mujer maravillosa. Enseguida me fascinó su alegría, su sabiduría, su profunda mirada. Recuerdo que me miró de una forma que no olvidaré nunca. Era pura luz irradiando más allá de sí misma.
No pude menos que expresarle mi admiración por lo que emanaba.
Entonces ella, sonrió y me dijo: “No siempre fue así”.

Y me contó su historia.

Luna vivía en la tierra de los necios y aunque no le gustaba, se conforma porque creía que no había nada más que aquello que le era conocido... hasta que oyó hablar de la tierra de los sabios.

Desde aquel momento no tenía más pensamiento que para aquel lugar. Soñaba con encontrarlo y obtener lo que se decía que solo existía en él. Fue tal impacto que le causó aquel descubrimiento, que un día decidió abandonar la tierra de los necios para caminar en pos de aquello que tan fuertemente la llamaba.

Durante mucho tiempo caminó sin rumbo fijo, recorriendo todas las sendas y caminos que salían a su paso sin saber realmente hacia donde debía dirigirse, pues nada en la tierra de los necios hacía saber que existiera algo más allá de sí misma.
Hasta que un día empezó a ver señales. Al principio eran casi imperceptibles; poco a poco más evidentes. Por ellas supo que para llegar a la tierra de los sabios debía seguir el camino del conocimiento. Y en él entró.
A pesar de haberlo encontrado, muchas veces se perdía, se desorientaba, se despistaba o confiaba demasiado en lo que ya creía conocer de aquella senda y perdía el camino que conducía a la tierra de los sabios.
Entonces, cuando se daba cuenta de que no seguía el camino verdadero, tenía que retroceder hasta encontrar alguna de las señales por las que ya había pasado; o caminar dando vueltas hasta que aparecía alguna nueva. Pero siempre, antes o después, volvía a encontrar alguna que la reconducía al camino correcto.

Al cabo ya de mucho tiempo caminando, un aciago día en que, a pesar de estar muy atenta a las señales y estar casi segura de no haberse distraído con nada, empezó a preocuparle llevar mucho tiempo sin ver ninguna señal. Empezó a pensar que quizá había interpretado mal alguna señal, o que sí se había despistado en algún momento. Miraba a todas partes con cierto grado de ansiedad y a punto estaba de retroceder cuando vio a un hombre que andaba en dirección contraria.
Y le preguntó por la tierra de los sabios.

Aquel hombre la miró con desdén y le respondió que esa tierra no existía, que era una burda mentira porque aquel camino, que supuestamente llevaba a ella, terminaba en la nada.
“Más allá de la niebla, no hay nada” le dijo abruptamente antes de darse media vuelta y seguir caminando cabizbajo.

Luna quedó desconcertada ante tamaña afirmación. ¿Era todo mentira? ¿Realmente no había nada más allá de la tierra de los necios? No era posible. Aquel hombre debía estar equivocado.
Se quedó pensativa, recordando todas las señales encontradas a lo largo de su viaje y decidió que fuera lo que fuese que encontrase al final de ese camino, tenía que seguirlo y verificarlo por sí misma.
Poco después encontró una nueva señal en la que, con letras muy grandes, ponía: “ENTRADA A LA TIERRA DE LOS SABIOS”.
Celebró el hallazgo a pesar de que lo extraño de aquella señal era que indicaba el ascenso a una enorme montaña. Y Luna acometió la subida entre esperanzada y asustada.

Era una montaña muy empinada, con tramos muy difíciles que le obligaron a ir desprendiéndose de bastantes cosas que había llevado consigo para el largo viaje; pero el anhelo por llegar a esa cumbre en la que encontraría la tierra de los sabios, le dio la energía necesaria para no rendirse.

Sin apenas resuello llegó a la cumbre y la ilusión que le acompañó y animó, se esfumó al encontrarse ante una enorme planicie barrida por una niebla densa, de luz amarillenta y mortecina, que impregnaba el lugar de misterio y desolación.

“¿Es esto la tierra de los sabios?” se preguntó desconcertada al tiempo que un frío húmedo empezaba a calarse en ella.

Vio un grupo de gente acampada alrededor de una exigua hoguera y se acercó a ellos para informarse.
Por ellos supo que la tierra de los sabios estaba detrás de aquel denso banco de niebla, pero que entre ellos y esa tierra se abría un abismo ancho y profundo que solo se podía cruzar por un puente que permanecía cubierto por la niebla.

“Es un puente muy antiguo -le dijeron- seguro que hay tramos rotos o en mal estado y es muy peligroso cruzarlo sin ver bien donde se pisa. Esperamos que levante la niebla para hacerlo; mientras persista no se puede hacer nada”.

Le invitaron a sentarse con ellos y aunque Luna estuvo a punto de aceptar porque estaba muy cansada, la cantidad de basura que vio alrededor de ellos le hizo temer que la espera estaba siendo muy larga.
Al preguntarles cuanto tiempo llevaban esperando, quedó asombrada al descubrir que algunos llevaban semanas o meses, alguno hubo que más de un año y otro ni recordaba cuanto tiempo llevaba esperando ver levantar la niebla.

Finalmente decidió acercarse al puente para ver realmente cómo era porque no concebía una espera tan prolongada.

A medida que avanzaba, la niebla se iba haciendo más y más espesa; sintió su fría humedad, su misterio, una densidad tal que parecía construir una pared impenetrable. A cada paso que daba su miedo iba creciendo, como alertándola de peligros indefinidos que amenazaban su existencia. Cuando atisbó el puente y el abismo bajo sus pies se le encogió el corazón.
El puente era un amasijo de tablones viejos mal encordados. El viento se colaba entre ellos produciendo un silbido espeluznante y hacia oscilar el puente de un lado a otro de tal forma, que parecía capaz de voltearlo.
La niebla era ya una pared impenetrable y la oscuridad más absoluta que se abría a sus pies, le hacían temer un abismo de dimensiones incalculables.

En silencio y sin apartar la mirada de ese otro lado que intuía más allá del puente, se estampó contra la sensación de fracaso más grande; la de saber que no vas a lograr algo que anhelas de corazón, porque no te sientes capaz siquiera de intentarlo. Algo se le apretó por dentro, le dolieron las entrañas y se le hizo un nudo en la garganta. Lloró en silencio, desconsoladamente.

¿Iba a terminar su largo viaje así? ¿Tantos caminos recorridos, tantos pasos dados para acabar paralizada de aquella forma?

Una voz a su lado la sacó de su trance. Alguien hablaba del puente con admiración y respeto y decía algo como que todas las circunstancias que aparecen en la vida, por muy adversas que parezcan, son en realidad oportunidades.

Volvió la mirada hacia esa voz y encontró un hombre entrado en años y canas que la miraba intensamente.
Luna lo miró desconcertada mientras trataba disimuladamente de recoger sus lágrimas..

  • ¿Qué tiene de fantástico un puente inestable, frágil y peligroso? Es imposible cruzarlo aún bajo un día claro. En la tierra de los sabios no deben querer visitantes o habrían construido algo más firme.
  • Si eres capaz de comprender que lo construyeron sabios deberías confiar más en sus obras -le dijo aquel hombre que se presentó a ella como el Guardián del puente- Tienes razón en que lo construyeron los sabios, por eso es así. El camino a la tierra de los sabios no es posible sin la plena conciencia puesta en cada paso dado. Este es es el último tramo, la prueba que todo el que aspira al conocimiento debe superar porque lo que ansiáis encontrar se forja a lo largo del camino recorrido. Decidir cruzarlo o no, no tendría que impedir a nadie reconocer la oportunidad que representa.
  • Quizá...cuando levante la niebla..... -dijo Luna tratando de darse ánimos.
  • Eso no sucede nunca por sí mismo. Cada día nuevo es una incógnita, niebla para la razón. Y este puente no lleva a un nuevo día, sino a una vida nueva. A lo largo de tu viaje has enfrentado dificultades, retos, dudas, temores, que aparecieron ante ti para hacerte más fuerte y reafirmarte en tu propósito. Por eso has llegado hasta aquí. Este puente es el último paso; la prueba final que te capacita para entrar en la tierra de los sabios. Seguirá habiendo niebla para todos los que no hayan superado la última prueba.
  • ¿Logró alguien cruzarlo alguna vez? - le preguntó Luna sin dejar de mirar el puente y la niebla.
  • Por supuesto -le contestó el Guardián- todos los que dejaron atrás lo que les sobraba y llevaron consigo lo que antes no tenían. Todos los que comprendieron lo que tenían que comprender de sí mismos.
  • Quizá haya otros caminos …descendiendo el barranco -sugirió Luna pensando en evitar la sensación del vacío a sus pies.
  • Los hay. Pero no conducen a la tierra de los sabios. Allí abajo, todo está plagado de depredadores, hambrientos de todo lo que llegue a la tierra del abismo. La oscuridad es casi absoluta porque hasta se tragan la luz que intenta llegar allí. Si tienes la suerte de pasar sin ser vista por ellos o logras librarte de su voracidad, aún queda un largo y difícil trecho en el que te dejarás la vida. Lo más probable es que quedes atrapada y perdida en sus abismos. Luna, no enfoques el problema en aquello que no es el problema. No pienses en el puente; en lo que no ves y podría haber; no pienses en hallar otros medios. Piensa en lo que realmente te está impidiendo seguir adelante.

De repente se oyó alboroto en el grupo de acampados. Un hombre parecía estar despidiéndose de los otros que le aclamaban con vítores y aplausos y él, henchido y decidido, se dirigió hacia una senda que bajaba hacia el barranco.

Luna preguntó al guardián si no iba a avisarle de los peligros de aquel camino; pero él la miró con indulgencia y le dijo que aquel hombre había preferido desdeñarlos.
  • Está convencido de que ha elegido la opción más inteligente. No hay más necio que el que se engaña a sí mismo. Ese hombre lleva en su mochila la pesada carga de la soberbia. Los otros lo vitorean, pero no le acompañan en su aventura y él se crece en los aplausos de los otros y los desprecia porque se siente superior, pero va solo hacia su ruina.

Luna miró al guardián sin entender su actitud. Ella pensaba que todo el mundo merecía ayuda. El guardián le gritó al hombre que ese camino era mucho más peligroso que el puente, pero el hombre hizo un gesto de desprecio con la mano y siguió descendiendo el barranco.
El guardián se volvió de nuevo a ella con gesto triste y Luna sintió vergüenza por haberle juzgado insensible.

  • Luna, yo no estoy aquí para salvar a nadie de sí mismo. Estoy aquí para orientar, para guiar, para ayudar a quien tiene la mente y los oídos abiertos a la verdad. Nadie puede salvar a nadie, salvo uno mismo. Nadie puede decidir nada por nadie, porque aún cuando se cree que las decisiones tomadas son fruto de la voluntad de otro, es mentira; porque ese uno ha elegido someterse a la voluntad del otro. Ese hombre no podrá cruzar el abismo porque se llevó el miedo consigo; por eso no pasó por el puente; por eso el miedo será siempre su compañero de viaje. Y los depredadores huelen el miedo a gran distancia, es un goloso reclamo para ellos.

Mientras Luna pensaba en lo sucedido, se acercó a ellos un hombre joven que no había visto en el grupo de acampados.
Iba tranquilo, sereno. Su rostro expresaba alegría y no parecía afectarle ni el puente, ni la niebla, ni el abismo.
Se adentró en el puente y, pocos pasos después, desapareció como engullido por la niebla.

Luna preguntó al guardián si ese joven había seguido su recomendación y el guardián le dijo que con ese no hizo falta hablar. Le explicó que, aunque él no lo sabia, estaba muy cerca de ser sabio. Había tenido la serenidad necesaria para comprender que antes de adentrarse en él, debía desprenderse de algo muy pesado, de su miedo.

Ella le expresó su sorpresa de que estando tan cerca de ser sabio viniera de la tierra de los necios, y el guardián le contó que todos nacen en la tierra de los necios; que la sabiduría es una meta alcanzable para todos y que si bien algunos nacen más dotados que otros para hacer ese camino en menos tiempo, no hay nadie que esté excluido “Solo hay que estar dispuesto a recorrerlo a pesar de las dificultades que puedas encontrar y del tiempo que te lleve. Para cada uno es diferente, porque cada uno es diferente ”
  • ¿Por qué me cuentas estas cosas? -le preguntó ella casi llorando.

El guardián la miró a los ojos, sonrió dulcemente y le dijo:

  • Porque desde tu corazón pediste ayuda para superar la barrera que ve tu miedo. Las explicaciones que te he dado las necesitabas, pero son anecdóticas. Ellas no cruzarán el puente por ti ni te animarán a hacerlo, pero en ellas está la clave de tu éxito o tu fracaso. Luna, es en el silencio y la quietud donde se ganan las grandes batallas.

Y dicho eso, el guardián desapareció.

Luna se quedó mirando a todas partes desconcertada.
No podía creer que se hubiera esfumado de aquella forma y si no fuera porque lo que le había estado contando ella lo desconocía, creería que lo había imaginado todo.
Observó al grupo que volvía a estar sumergido en su eterna espera. Sintió frio por dentro y un cansancio infinito, que más parecía provenir del conflicto interior en que se hallaba sumergida, que por efecto del viaje, el ascenso a la montaña o la niebla que lo cubría todo..

Recordó la conversación con el guardián y pensó en su miedo. En ese pánico cerval que ahora se mostraba contundente y demoledor pero siempre había estado ahí, anclado en su corazón.
Lo vio acompañándola a lo largo de su vida, asomándose ante cualquier circunstancia nueva, ante los cambios, las decisiones, las incógnitas. Y vio que cada vez que el miedo fue más grande que su determinación, acabó perdida, deambulando y dando vueltas en círculos hasta que una fuerza mayor la sacaba de ellos.

Que los mayores errores habían nacido de una decisión revestida de miedo.

Cerró los ojos para mirar dentro, como le dijo el guardián.

Descubrió a su alma atrapada en un pequeño rincón y lloró con ella. Oyó gritar a su corazón y, al mirarlo, lo vio como a un niño pequeño asustado que le reclamaba consuelo y liberación. Estaba totalmente oprimo por una gruesa cadena.
Sintió una ternura inmensa hacia él; lo acurrucó, lo calmó, lo envolvió con todo el amor que era capaz de sentir.
Se quedó mirando aquella cadena; vio su propio miedo en ella y todo el dolor que le había causado.
Ella había destruido la confianza en sí misma innumerables veces; le había enfocado la mirada solo en lo peor que podía suceder sin dejarle ver nada más; había mellado la confianza en quienes se acercaron a su vida y había perforado la honesta satisfacción de sus propios logros.
Comprendió que el miedo es algo natural en el ser humano, que sirve para ponernos en alerta ante los peligros; pero si crece demasiado y se adueña de tu voluntad, se convierte en el mayor de los peligros.
La comprensión más contundente fue que tenía miedo de su propio miedo. Por eso seguía en la tierra de los necios.

El viento llegó envolviéndola en un torbellino y la llevó con él por un espacio sin tiempo.

Vio al hombre que se cruzó en el camino intentando cruzar el puente en un arrebato que pretendía ser valentía y, a los pocos pasos, retroceder aterrorizado. Lo vio llegando al lugar del que partió y contarle a todo el mundo que la tierra de los sabios no existía, que era un cuento de locos porque el camino terminaba en un abismo.
Y supo que lo hacía porque se había llevado consigo la vergüenza del fracaso, el orgullo herido, el recuerdo del miedo sentido que era incapaz de admitir.

Vio al hombre que bajó el barranco perdido en sus profundidades, convencido de que había encontrado lo que buscaba porque los depredadores se habían comido su inteligencia y ya no podía discernir la verdad de la mentira.

Vio al grupo de acampados aparcado en una espera permanente, anclados en su indecisión, matando el tiempo en conversaciones que nada resolvían, llenándolo de proyectos vacíos de contenido, esperando que sucediera algo y sin hacer lo que realmente podía hacer que todo sucediera.

Y comprendió que todos esos eran los resultados que obtenían los que seguían atrapados y dominados por el miedo.
Entonces vio al joven que se adentró en la niebla del puente; lo vio sereno y firme ante el puente, dispuesto y atento; ocupado en descubrir su miedo para poder desprenderse de él. Lo vio llegar a la tierra de los sabios y abrir una urna de cristal que guardaba un gran tesoro.

“Solo sin miedo se puede dar el paso final”

Sabía que el miedo era su barrera, sabía que solo librarse del miedo le permitiría cruzar el puente, pero no sabía cómo hacerlo.

Recordó que el guardián le había dicho que entre toda la conversación estaba la clave de su éxito a su fracaso. “Desde tu corazón pediste ayuda para superar la barrera que ve tu miedo”.

Esa era la clave. Pedir ayuda desde el corazón.

Imaginó que tomaba su corazón entre sus manos y lo ofrecía al universo; que lo dejaba en manos de Dios y le pedía que le librara de aquella prisión y que pusiera en él cuanto necesitaba para seguir su camino. Y le dio las gracias por todas las veces que la había sostenido, cuidado y guiado.

En esa confiada calma, esperó; esperó y esperó hasta que, súbitamente, vio la cadena deshacerse en mil pedazos. Su corazón se llenó de alegría al sentirse liberado, de confianza plena en su propio destino; en todos los caminos que la vida fuera poniéndole por delante. Sintiendo que una fuerza superior a todo lo humano permanecía alerta a los dictados del corazón.
Su corazón empezó a crecer, a expandirse, a saltar sobre sus manos ansioso por continuar la senda prevista.

Oyó a su lado la voz del guardián diciéndole que abriera los ojos de su alma y al hacerlo vio el puente sin niebla, iluminado por una luz esplendida y clara.
Era firme, solido, de pura piedra. Perfecto.
Y el abismo....el abismo apenas era un pequeño cauce por el que discurría un alegre riachuelo.

Vio a su corazón saltar de sus manos y correr hacia el puente, apremiándola a que lo siguiera sin dilación; y se vio corriendo detrás de él, cruzando el puente llena de entusiasmo.
Sin apenas darse cuenta de que, tras de sí, quedaba abandonada en el suelo, una mochila demasiado pesada e inútil.

Abrió los ojos emocionada y animada y vio al guardián delante de ella de nuevo, mirándola con ojos alegres, sonriendo y dándole la enhorabuena.

El guardián le explicó que el puente se convertía en lo que cada uno es.

  • Ellos siguen viendo fuera lo que hay dentro de ellos, pero no miran dentro. Por eso siempre seguirán viendo niebla y un puente en el que no confían. Si eres niebla, hay niebla. Si eres claridad, hay claridad; si te convences de que no vas a lograr tu propósito, el puente se destruye. Solo comprender la ignorancia en que vivimos, lo que nos atenaza y domina, nos abre al anhelo de ser sabios y libres. Solo vaciarse de la mentira permite que llegue la verdad. Ella convierte en realidad lo que nos parece imposible y destroza las falsas realidades que construye el miedo.
    Has entrado en la tierra de los sabios, pero para poder recorrer sus caminos, debes entrar en esa cueva, en una estancia que parece no existir pero está y recoger el tesoro que te pertenece, porque sin él no puedes continuar.
Luna entró en aquella cueva de roca viva en la que apenas entraba un poco de luz y no vio nada más que la misma roca que la formaba.
Quedó en silencio, quieta, aguardando a que se manifestara aquello que sin estar, estaba. Y, súbitamente, se encontró dentro de una estancia blanca, luminosa y más grande que la propia cueva que la contenía. Y ella estaba dentro de ella.
En el centro, sobre un pedestal, había una urna del más fino de los cristales, finamente tallada en dibujos de filigrana.
La urna estaba abierta y Luna se acercó descubriendo que contenía un cristal de cuarzo transparente que parecía tener algo muy brillante en su interior.
Casi temblando de emoción, cogió el cristal sabiendo que tenía entre sus manos la joya más preciosa que jamás nadie pudiera imaginar.

Tal y como lo cogió, la urna y el cristal desaparecieron y en sus manos quedó una llama azul que iluminaba sin quemar, que ardía sin consumirse, que vibraba con su propio latido y que bailando en sus manos al sentirse liberada de aquello que con tanto celo la guardó, saltó a su pecho, atravesó su piel, su carne, sus huesos y su sangre y se hizo una con ella, haciéndose una con toda la luz que la rodeaba.

Se supo completa, íntegra, se conoció como era conocida en la tierra de los sabios; supo que eso era ser verdaderamente uno.

Y en ese conocimiento, se vio de nuevo junto al guardián que seguía instruyéndola.

  • Es ingenuo y necio pretender recorrer la tierra de los sabios si en el alma no mora el ser de luz; y este no puede entrar en ella si en el corazón habita el miedo.
    Dios está con los valientes, pero no porque los prefiera, sino porque los miedosos no lo dejan entrar. Deshacerte del miedo es soltarte a la vida, entregarse sin reparos a todo lo que en ella haya.
Ahora ya puedo darte la bienvenida a la tierra de los sabios , peo te advierto que llegar aquí no es una meta, sino el principio de un camino nuevo que se abre ahora para ti y nunca termina. Comprenderás que todo es gratificante porque se comprende que todo tiene un fin último que le da sentido a todo. La verdadera sabiduría está en confiar que existe ese sentido y que aunque no se pueda comprender en ese momento cual es, todo llega para ser plenamente vivido.
Admíralo todo, respétalo todo, compréndelo o acéptalo, pero no te apegues a nada, porque todo es efímero. Y, sobre todo, no te apegues nunca a ti misma, porque no hay nada que paralice más que el apego a sí mismo. Querida amiga, nadie puede poseer la sabiduría; a lo más que se puede aspirar es a ser poseído por ella.

A partir de aquel día, Luna recorre los caminos de la tierra de los sabios acogiendo con gozo todo lo que llega a su vida. Viviéndolo intensa y plenamente.

De tanto en tanto, se acerca a la tierra de los necios para hablar de aquella otra tierra que sí existe, que está al alcance de todos; esperando verlos llegar, deseosa de acoger a todos los que recorran el camino del conocimiento.

Se llega a los que aún permanecen en la tierra de los necios para hacerles saber que hay un puente al final del camino que deben contemplar libres de miedo, con los ojos del alma.

  • En la tierra de los sabios, -les cuenta- la sabiduría, a veces es un resplandor que lo ilumina todo; a veces es una suave lluvia de pequeñas gotas que van penetrando poco a poco.
    A veces se esconde para jugar a ser descubierta y a veces, sorprende y sale al encuentro para goce de quien la halla.

Solo la Sabiduría, conoce los caminos que conducen a la Tierra del Amor consciente. La verdadera meta de todo sabio.

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Si me causó un gran impacto Luna, aún fue más contundente conocer su historia y ver en qué había llegado a convertirse.
Ese mismo día decidí partir en busca de la tierra de los sabios y, aunque he deambulado durante mucho tiempo tanteando caminos y sendas, ahora ya puedo decir que encontré el camino del conocimiento.
En este tiempo he tenido que sortear dudas, aflicciones, incertidumbres, ansiedad, miedo … pero cada vez que sucede algo así, recuerdo a Luna y todo lo que me enseñó. Y sigo caminando sin dejar que las cadenas del miedo atenacen mi corazón.
¿Quien sabe? Quizá algún día llegue a la tierra de los sabios, pero lo cierto es que, mientras camino hacia ella, voy aprendiendo mucho de mi misma. Y, sobre todo, a amar a la vida en cualquiera de sus múltiples aspectos o facetas.
Porque, cualquier circunstancia adversa es, en realidad, una gran oportunidad.


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